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La insufrible levedad del rosado

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Ya están aquí, anunciando la primavera enológica, con su bello color que vira del salmón subido, al rojo pálido, pasando por el rosa que le da nombre. Es la estacionalidad que nos acecha, cada año, para hacer buena ese manida frase de “un rosadito fresquito, que va bien con todo”. Pues no, ni va bien con todo, ni tiene que estar necesariamente fresquito. Tales eran las patrañas de antaño, cuando al soez tinto, cargado y poderoso, se le diluían los colores y atemperaba el ardiente paladar con el bautizo de blanco anodino. El resultado, un sacrilegio que ni siquiera tenía el encanto subversivo de la trasgresión gastronómica, Un apaño, vamos, para dar salida a los enormes excedentes de vinos blancos que ahogaban la España vitivinícola, pese a la quema en las destilerías manchegas y extremeñas. Luego vino Chivite y mandó parar. Se sangró el mosto para hacer pálido el rojo sangre de la garnacha. Se potenciaron los aromas de fresa y frambuesa en una orgía frutal que nos hizo creer en el milagro del vino tinto elaborado en blanco. Y tras la senda del navarrico, todos los demás, apostando a ver quien era más frutoso, gustoso y colorista. Y así, entre levaduras seleccionadas, criptomaceraciones, recuperaciones de aromas, y demás alardes perfumistas, hemos vuelto donde solíamos: rosados que parecen cortados por el mismo patrón, sea cual sea el varietal del que proceden, como si la santa simplicidad, ahora orgullosa de su colorista vestido y la fragancia apabullante de su nariz, hiciera tolerable la insoportable monotonía. ¿Quiere esto decir que el rosado, maldito en su transformismo, no tiene más futuro que el consumo indiscriminado, cual granel de lujo? No lo creo. Pienso, más bien, que esta tipología tan veraniega, debe superar la funesta estacionalidad, y creer en su destino más allá del consumo desenfadado. Puede, y debe, merecer su inclusión en la categoría de los vinos de calidad, lo que presupone un plus necesario de personalidad. Entonces sí, el rosado puede superar el estado infantiloide en el que se encuentra sin perder juventud. Yo quiero rosados en los que el varietal -Garnacha, Bobal, Tempranillo, Monastrell, Merlot, Mencía, Cabernet Sauvignon, Cariñena, Syrah- aporte su peculiar paleta aromática, el fulgor de su origen, sin renunciar al alcohol ni al cuerpo. Admito, aunque con reservas, incluso la ligera crianza en roble, si respeta el carácter esencial de todo rosado que se precie: juventud arrolladora, cargada de aromas varietales primarios, sabroso, un punto goloso, de frescura desenvuelta que brilla en el paladar pero deja un recuerdo cargado de serena consistencia. Esos rosados existen. Véanlos en este número. Carlos Delgado

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