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Literatura escrita con tinta de vino

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El vino tiene la preciosa costumbre de convertirse en tinta, de derramarse con su rojo profundo entre líneas, de centellear en ámbar y dorado hasta empapar la historia de la literatura con su inmenso poder de evocación. Y en ese bello lienzo en forma de libro dibuja pasiones y anhelos; vicios y penas; heridas y sueños. Vino que respira tinta, tinta que respira vino.

 

A veces sabe a venganza; otras, a intenso recuerdo. Puede ser bálsamo que cura y también encender las más oscuras pasiones, transformarse en metáfora de lo divino o en poderosa tentación. Pero por encima de todo, el vino es profundamente humano ("el vino es la raza humana mejorada", que decía Cunqueiro). Por eso la literatura ha bebido de su inspiración desde el principio de los tiempos.

 

“¿Qué es la vida a
quien le falta el vino?”

 

Ya en el libro del Eclesiástico –del Antiguo Testamento– se planteaba esta metafísica cuestión. Y en la Biblia las menciones al vino se suceden desde la primigenia borrachera de Noé. En Egipto figura entre los motivos de las inscripciones funerarias, y tan importante era en ceremonias vinculadas a la muerte como a la exaltación de la vida. Hasta la mitología germana le tiene reservado un inesperado protagonismo al ser el único alimento del Dios nórdico Odín:  

 

“Mas solo de vino Odin se alimenta, el glorioso señor de las armas”
 

Los escritos de nuestros antepasados griegos y romanos también rezumaban vino, preciado alimento que invocaba a dioses, que salpicaba sus campos. El vino como artífice de la risa en la comedia que se torna sangre en la tragedia: vino seductor, heroico o terrible.

Vino de vid eterna que viajó hasta China y que se coló en los delicados versos del poeta Li-Po en Bebiendo solo bajo la luna:

 

“Alzando la copa, convido a la luna”

 

Vino proscrito y anhelante en el Corán, gozoso y ávido de placeres en las Mil y una noches:

 

“Solo bebe el vino quien está alegre:
con la embriaguez
desbordará de gozo”

 

Vino que corría a raudales en los textos medievales y que en el Renacimiento despertó opiniones controvertidas. El gran genio Leonardo da Vinci lo pintó como un peligroso elixir; sin embargo, la inolvidable Celestina, de Fernando de Rojas, protagoniza un encendido discurso en defensa de sus virtudes:

 

“Esto quita la tristeza del corazón más que el oro ni el coral; esto da esfuerzo al mozo y al viejo fuerza, pone color al descolorido, coraje al cobarde, al flojo diligencia, conforta los cerebros…”

 

El Siglo de Oro de las letras españolas también abrazó con fuerza al exuberante Barroco, y el vino se derramó a oleadas en las páginas de dos de las novelas españolas más importantes de todos los tiempos: el Lazarillo y el Quijote. También dejó su impronta en las comedias y tragedias shakespearianas. Cómo olvidar a su ambiciosa Lady Macbeth y ese vino tramposo con el que droga a los chambelanes del rey para que su vacilante esposo pueda asesinarle:

 

"Lo que los ha embriagado me presta a mí valor. Lo  que los ha apagado me ha encendido más... ¡Escuchemos!"

 

En el Romanticismo penetró de lleno en los demonios de unos héroes gobernados por sus pasiones y tormentos. Y se encargó de enardecerlos, claro. En el Fausto de Goethe el vino enturbia la razón del protagonista, seducido por los placeres que le promete Mefistófeles:

 

“El pesado racimo se precipita dentro del lagar rebosante, y brotan en arroyo espumeantes vinos…”

 

El vino también humedece con ardor la tumultuosa poesía de Espronceda:

 

"Dadme vino: en él se ahoguen
mis recuerdos; aturdida
sin sentir huya la vida;
paz me traiga el ataúd"

 

Y embriaga con ansia a la escritora gallega Rosalía de Castro:

 

"No maldigáis del que, ya ebrio, corre a beber con nuevo afán;
su eterna sed es quien le lleva hacia la fuente abrasadora,
cuanto más bebe, a beber más.
No murmuréis del que rendido ya bajo el peso de la vida quiere vivir y aun quiere amar;
la sed del beodo es insaciable, y la del alma lo es aún más"

 

Anhelante de épica se desliza por las páginas de una de las novelas históricas más famosas de la historia, Ivanhoe:

 

"Nada templa más la voz y aguza el oído que una copa de vino"

 

Y planea como incitador de la destrucción sobre la excepcional Los Miserables, de Victor Hugo:

 

"En cuanto a este, después del mediodía, había ido más allá del vino, pobre origen de ensueños. El vino, en los borrachos serios, es siempre alegre. En la embriaguez hay la magia blanca y la magia negra; el vino no es más que la magia blanca. Grantaire era un atrevido bebedor de sueños. Las tinieblas de una embriaguez terrible, entreabiertas delante de él, lejos de detenerle; le atraían..."

 

Vino hechicero en manos de la Carmen de Mérimée; envenenado en El Conde de Montecristo o símil vengador en Jane Eyre, de Charlotte Brönte:

 

"Por primera vez había degustado el sabor de la venganza. Se asemeja a un vino aromático que, al ser ingerido, produce una tibia sensación en el paladar, para cuyo efecto posterior, metálico y corrosivo, crea en el bebedor la impresión de haber sido envenenado"

 

Vino como un detalle más de la realidad en Madame Bovary, de Flaubert, vino que atormenta a los autodestructivos personajes de Dostoievski, simbólico en los malditos y sedientos Rimbaud y Poe o salvador en Baudelaire:

 

"Hay que estar siempre borracho. Esa es la clave, esa la única cuestión. Para no sentir la horrible carga del Tiempo que os rompe los hombros y os inclina hacia el suelo, tenéis que emborracharos sin tregua. ¿De qué? De vino, de poesía, de virtud, a vuestro antojo. Pero emborrachaos"

 

El Modernismo cantó a la sensualidad y a la belleza, y por supuesto al vino, símbolo creador en Rubén Darío:

 

"El vino rojo tiene mi luz, mi poesía:
quien lo hace son los dioses, y quien se embriaga, yo"

 

Vino portador de una embriaguez que provoca perturbadoras experiencias de desdoblamiento de personalidad en Proust, Wilde o Stevenson; vino centelleante que en el Ulises de Joyce induce al recuerdo:

 

"El fulgurante vino se le demoraba en el paladar, tragado. Pisando en los lagares uvas de Borgoña. El calor del sol, eso es. Parece como un toque secreto que me dice un recuerdo. Tocados sus sentidos se humedecieron recordaron (...)"
 

 

En los locos años veinte, la vida se bebía a tragos; el vino, también. Con "perseverante intensidad" en El Gran Gatsby, de Fitzgerald:

 

"(...) el arte de beber sería la puerta de entrada a un caudal de nuevas sensaciones, de nuevos estados psíquicos, de nuevas reacciones de alegría o de dolor"

 

Teñido de melancolía en Las olas, de Virginia Woolf:

 

"Instintivamente (después de comer), mi paladar pide y prevé dulzura y ligereza, algo azucarado y evanescente. Y vino fresco, que sentará como un guante a estos finos nervios que parecen estremecerse en el paladar, y el paladar se ensanchará (al beber), convirtiéndose en una caverna abovedada, cubierta de verdes hojas de parra, con aroma a nuez moscada y el púrpura de las uvas"

 

Vino inflamado en el existencialismo de Francis Ponge:

 

"El vino no tiene nada de extraordinario. Su llama, sin embargo, baila por toda la ciudad dentro de muchos cuerpos.
Más que lucir baila. Más que quemarse o consumirse, hace bailar (...) Como todas las cosas, el vino tiene su secreto particular; pero es un secreto que no guarda. Se le puede hacer revelar: basta con quererlo, beberlo, colocarlo en el interior de uno mismo. Entonces, habla. Habla con plena confianza"

 

Vino que en el 98 alcanza la recia y vehemente obra del gran Unamuno y la prosa realista de Baroja:

 

"El vino tiene todos los acentos: es ciceroniano en el jerez y en el málaga, recuerda al espíritu de las leyes en el burdeos y se parece a una canción chispeante de café-concierto parisiense en el champaña, por su espuma y su picor..."

 

Y que Neruda y Borges adoraron fervientemente:

 

"Con otoños de oro la inventaron. El vino
fluye rojo a lo largo de las generaciones
como el río del tiempo y en el arduo camino nos prodiga su música, su fuego y sus leones"

 

Vino que no inspira especialmente a los poetas del 27, pero que resuena con fiereza en Alberti:

 

"Las fuentes eran de vino.
Los mares, de uvas moradas.
Pedías agua.
Bajó el calor al arroyo.
El arroyo era de mosto.
Pedías agua.
Tiritaba el toro. El fuego
era de moscatel negro"

 

Vino que se revuelve amargo tras la Guerra Civil española: los personajes de Barea brindan por la República camino del exilio y Miguel Hernández lo utiliza como salvaje metáfora:

 

"La sangre huele a mar, sabe a mar y a bodega.
La bodega del mar, del vino bravo, estalla
allí donde el herido palpitante se anega,
y florece, y se halla"

 

En la obra maestra de Luis Martín Santos, Tiempo de silencio, el vino nubla los actos de su antiheroico protagonista:

 

"(...) junto a toda esa embriaguez de vino y erotismo insatisfecho, solo camina una porción congrua de sí mismo que es la más baja y la más cálidamente poética..."

 

El Carvalho de Manuel Vázquez Montalbán aprende "a beber vino blanco entre las comidas gracias a una novela de Goytisolo, Señas de identidad –para quien sabe mirar, la uva Albariño es un sutil espejo de su pesaroso protagonista–.

Vino vibrante y evocador, vino juguetón y a veces tramposo, vino que llega a Marte con Ray Bradbury. Vino que respira tinta, tinta que respira vino.

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