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Un tesoro en tintos

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En La Mancha -la región con mayor extensión de viñedo del mundo (650.000 hectáreas)- los años de reconversión del viñedo, apostando por las variedades tintas, tanto nacionales como internacionales, del vino embotellado en detrimento del granel, y la filosofía de calidad en lugar de cantidad, están dando sus frutos. Porque lo cierto es que sus vinos de Cencibel o Tempranillo (la uva mayoritaria en la zona), cuando se elaboran bien, son excelentes y con un precio que parece un auténtico regalo. El viñedo se hace más viejo y eso se nota en la calidad del amplio surtido que ofrece. Proliferan los Vinos de la Tierra, con algunas de las referencias más destacadas de Castilla-La Mancha, y se consolidan los Vinos de Pago (vino procedente de un único viñedo) como atributo de distinción. Otras zonas con cierto adormecimiento se desperezan transmitiendo nuevos aires de mejora, como la D.O. Valdepeñas -que durante mucho tiempo ha proporcionado el vino de chateo de los bares de Madrid-, con un grupo de pequeñas bodegas buscando otra línea de vinos distinta de la tradicional, más moderna y personal; la D.O. Almsansa revindica su interesante Garnacha Tintorera; en la D.O. Méntrida, un grupo de jóvenes enólogos trata de revitalizar la seductora uva Garnacha; en la D.O. Manchuela ahora se está sabiendo aprovechar su viñedo en altitud; la última en llegar, la D.O. Ribera del Júcar, con suelos de canto rodado magníficos, y la D.O. Uclés, un joven proyecto, con cinco bodegas, que todavía tiene que formarse. Todas estas zonas han sido -y siguen siendo- objeto de deseo de poderosos inversores que, de alguna manera, han contribuido a su mayor difusión y revitalización, tanto en el ámbito nacional como en el internacional. Han vestido sus áridos suelos de esbeltas bodegas, cambiando la sinuosa sombra del molino por modernas bodegas, vanguardistas y llenas de tecnología, hoteles y lugares de hospedaje con el mayor encanto posible. Crece la autoestima Durante la cata, con cada vino degustado no dejábamos de asombrarnos. Eran sin duda espectaculares. Algo ha sucedido y para bien. Está claro que ese mar de viñas, como algunos lo han bautizado, no podía seguir desangelado, amparado en la tradición. La mano innovadora del hombre tenía que poner cierto empeño en escucharla, en mimarla y darle los caprichos necesarios. Sólo así, el fruto ofrecido por la viña podría llegar a alcanzar altas cotas de calidad, con equilibrio -hablamos de no perder toda su acidez- y sanidad. Y el resultado no se ha hecho esperar. Sin embargo, la transformación y mejora del viñedo, como es lógico, no es inmediata. Hemos de reconocer que ya llevábamos tiempo observando sólidos progresos, pero ahora el eco es mucho más sonoro, las bodegas con vinos de alta calidad son cuantiosas y esto, invevitablemente, hace más ruido, llega al consumidor. Si además añadimos unos cualificados enólogos, la última tecnología -que también ayuda, no nos vamos a engañar- y un sentido común en favor de la máxima expresión, el boceto de vino manchego que todos teníamos en mente resulta irreconocible, en el mejor de los sentidos. Ya no cabe ninguna duda, La Mancha es grande por derecho propio. Un puzle por construir Si hemos hablado en el apartado anterior de la magnífica calidad que están mostrando los vinos de Castilla-La Mancha, el siguiente paso lógico parece ser diferenciarse. Bien por la botella, por su etiqueta o por su precio -que ahora es ligeramente superior- o rompiendo el clásico puzle de las denominaciones de origen manchegas: La Mancha, Valdepeñas y Almansa. Parece necesario que Castilla-La Mancha busque una diversificación creando nuevas denominaciones de origen, nuevos Vinos de Pago, Vinos de la Tierra... que subrayen todos los cambios que se están produciendo en la zona. El problema de todo este galimatías -comprensible, lo admitimos- es la capacidad de asimilación del consumidor. Y no estamos hablando de que no sean necesarias esas nuevas denominaciones de origen o pagos, sino que incidimos en la necesidad de información, de educación y razonable explicación de las características especiales que han llevado a un grupo de bodegueros a delimitar esa zona. El proceso es lento, pero tiene que llegar -campañas de marketing, ferias, catas-, pues sólo así el consumidor será capaz de hablar de su vino con sensatez. Quien crea que este líquido prodigioso se ha reinventado en pleno siglo XXI para apaciguar nuestros gaznates, está en un grave error. Al igual que una gran obra de arte, la música clásica, la cocina de autor... su verdadero valor no está en ver, oler, probar u oír, aunque hay quien se pueda conformar con eso, y lo respetamos. Su verdadero valor está en entenderlo y apreciarlo con conocimiento y profundidad para seguir predicando su cultura. Ése es el valor que debemos rescatar de un vino.

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