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Extremadura, más conocida por sus excelentes quesos (Ibores, Torta del Casar o de la Serena), por sus idolatrados jamones de bellota y embutido, su aceite, sus cerezas del Valle del Jerte, la miel, el cordero o el Pimentón de la Vera, entre otros, tenía una asignatura pendiente: el vino, un eslabón necesario que complementa su oferta gastronómica. La zona, con una extensión de 87.000 hectáreas de viñedo, principalmente de uvas blancas, ha estado en manos de cooperativas, con un destino final dedicado a la venta de granel o destilación. El cambio y la transición requerían un proceso de asentamiento y maduración de las nuevas plantaciones de viña, porque en la zona había mucha uva, pero no especialmente dedicada para vinos de calidad. Ha sido en los últimos cinco años cuando los frutos de las nuevas viñas han revolucionado el panorama. Incluso algunas cooperativas con arraigo conservador, ancladas en la rutina, también se han renovado, afortunadamente. Emergen nuevos brotes, se cambia parte del granel por vino embotellado, con mayor presencia, calidad y competitividad pues muchos disfrutan de precios imbatibles. Y los nuevos inversores, asesores o recién llegados ven Extremadura como una tierra de oportunidades todavía por explotar. Tierra de contrastes Extremadura posee una denominación de origen, Ribera del Guadiana, de reciente creación, en 1999. La zona comprende las comarcas de Cáceres y Badajoz, que dan cobijo a sus seis subzonas: Cañamero y Montánchez, en Cáceres, y Matanegra, Ribera Alta, Ribera Baja y Tierra de Barros, en Badajoz. Es una tierra de contrastes, quizá más acentuados en Cáceres por su terreno abrupto, algo montañoso con cierto dominio de los suelos de pizarra y noches más frías. En Badajoz abunda la llanura con un predominio de suelos arcillosos. También hay grandes diferencias en la cantidad de lluvias: en algunas zonas de Cáceres (concretamente en Cañamero), se superan los 1.000 mm/año, mientras que en el resto de subzonas las precipitaciones se sitúan sobre los 400 mm/año, cantidad a la que incluso no se llega en zonas de Badajoz. Respecto a las variedades de uva, aquí el consejo regulador ha dado todas las posibilidades, con un extenso escaparate de 30 variedades para la elaboración, 17 blancas y 13 tintas. Las variedades blancas por las que algunas bodegas están apostando son las autóctonas Pardina, Cayetana y Eva de los Santos (o Beba de los Santos), una uva que se ha venido utilizando casi exclusivamente para granel y que ahora está demostrando unos resultados más que interesantes. También, con el amplio repertorio de uvas blancas se elaboran magníficos cavas y vinos dulces. En uvas tintas, la foránea Syrah parece acomodarse muy bien, como era de esperar en una zona continental de veranos cálidos. Durante la cata, hemos disfrutado con algunos vinos elaborados con Tempranillo -que en zonas cálidas no suele expresarse bien- muy finos y con identidad, sobre todo en la zona de Cáceres. Tampoco le está yendo nada mal a la Cabernet Sauvignon, que ha encontrado su lugar acompañando a otras uvas en meritorios coupages. Con esta carta de presentación, no dudamos en afirmar que Extremadura es una tierra llena de posibilidades, con una herencia agrícola sólida y rica en posibilidades que no tardará en ocupar el lugar privilegiado que le corresponde. Notables resultados Año tras año, el número de bodegas con ambición de elaborar buen vino crece considerablemente. Este número de MiVino refleja el futuro más inmediato de los vinos extremeños y vaticina un futuro aún más prometedor. Los resultados más satisfactorios nos llegan de los espumosos, sobre todo en sus versiones secas, de los que encontramos dos magníficos ejemplos en nuestras páginas: Extrem de Bonaval Brut y Vía de la Plata Brut Nature. En blancos, elogiar el trabajo de la bodega Cerro de la Barca, con la variedad Eva de los Santos, todo un descubrimiento; seguramente, en el futuro, probaremos grandes vinos de Pardina, Cayetana o Montua, tres uvas que tendrán mucho que decir. De los tintos, el nuevo reto de los bodegueros, destacamos: Carabal Crianza de 2006 o Rasgo 2007, de Viñedos y Bodegas Carabal, con esa visión fina y prudente de vino nuevo; Huno, una apuesta segura en todas sus referencias; Palacio Quemado Crianza 2006, que mantiene la línea de calidad de los últimos años; los vinos de la bodega Viña Santa Marina, que esconden mucha inquietud por parte de la enóloga, son el mejor ejemplo del potencial que alberga la zona; en Valquemao, tanto el joven como el roble, se intuye un compromiso del enólogo por exhibir la fruta de calidad; Vigua 2009, un magnífico ejemplo de vino joven; la bodega Paradells, con dos estupendos tintos que enriquecen nuestras páginas. Además, al margen de la D.O. Ribera del Guadiana, no podemos olvidar los Vinos de la Tierra de Extremadura, que manifiestan un nivel muy alto y se unen al mejor escaparate de una zona claramente en auge.

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